miércoles, 16 de noviembre de 2011


Hermana pequeña y yo, dormíamos juntas.

Por lo general, después de rezar un “Jesusito de mi vida…” y encomendarnos a la dulce compañía del Ángel de la Guarda (al que por cierto, aquel día, le habíamos dado bastante trabajo), caíamos rendidas hasta la mañana siguiente. Pero aquella noche me fue imposible conciliar el sueño. No sabía lo que me pasaba. Acurrucada en una esquina de la cama la oía quejarse bajito y cada vez que se agitaba como una tortuga panza arriba, inmovilizada bajo aquel caparazón de vendas, me sobresaltaba.

¿Estás bien, te duele mucho…?
Un poco, no te asustes… que no estoy “morida”… pero ¿sabes?... nunca más me “ajunto” con el triciclo…¡ Por su culpa, casi me mato!


Serían las dos de la madrugada y oímos cantar a un gallo. Bueno, exactamente no cantaba, me pareció que se carcajeaba…

¿Y a ti, te duele?... Anda, cuéntame otra vez lo de las gallinas y el gallo malo que te dejaron como un cirineo.
No, si no fue nada… unos picotazos y un tirón de pelos.


En el fondo me hubiera gustado decirle que pasé miedo de todos los colores y de todos los calibres. Miedo a que ella se fuera al otro barrio. Miedo de los ojos tristes de la niña y de aquel ser con la cabeza extraña… Y que sobre todos esos miedos gravitaba un profundo desencanto. Debería sentirme feliz aunque mi peripecia solidaria no hubiera sido digna de elevar a los altares de la admiración. Pero no era así, me sentía chafada y triste.

No sabía lo que me pasaba…
Sospechaba que algo más secreto e incomunicable me acechaba. Aquel día me di cuenta de que la cartografía de mis seguridades congénitas tenía un sur desconocido en el que reinaba el abandono, la invisibilidad… que olía mal y me daba miedo pero no podía dejar de mirarlo porque realmente existía.
No te asustes, nació así… pero no hace nada
No te asustes…¡ si las gallinas no hacen nada!
No te asustes… no estoy “morida”

Demasiados no te asustes en un solo día para no deducir que lo que me pasaba no era tan secreto ni tan incomunicable; ya que, de alguna manera, me leían el pensamiento.



Mi madre estaba acostumbrada a lidiar con ese tipo de “catástrofes” y procuraba tratarlas como molestias; pero de ninguna manera, a las molestias, las trataba como catástrofes.

Con buen criterio, no retiró el triciclo de la circulación. Hubiera sido sencillo hacerlo desaparecer para “prevenir” futuros siniestros, aprovechando que mi hermana le cogió ojeriza y culpaba, a su hasta entonces fiel cabalgadura, de su “desgracia”.

Al principio, cuando creía que no la veíamos, se encaraba con él regañándole muy ofendida y descargaba su frustración soltándole unas pataditas por lo bajini. Pero como el triciclo no le llevaba la contraria ni le devolvía las pataditas, empezó a suavizar su indignación y llegó a un acuerdo absolutorio

Vale, yo te perdono… pero a ver si tenemos más cuidado… los dos ¿eh?.

Lo que yo no esperaba es que mi madre me metiera al enemigo en casa.
Llegó dentro de una caja de zapatos llena de agujeros. Mis hermanas la destaparon emocionadas como si dentro hubiera un tesoro
¡Hala, que guapín es!...
Con cuidado, que no es un juguete…
Ven, acércate que no hace nada…
Y cómo lo podíamos llamar…
¿Qué será, chico pollo o chica polla...?
¡Halaaaa lo que has dicho!
Mamáaaa… ¿A que decir chica polla no es un “pecao”? (…) ¿Ves, listina, como no?

Yo estaba callada. Por mí, como si le llamaban Avecrem.
Aprovechando el revuelo empecé a recular con disimulo. No me encontraba bien. Sólo con oír al pollito piar como un condenado y agitarse, me quería salir del cuerpo, de la galaxia y más allá… pero sólo conseguía dar pasitos para atrás muy lentamente.

Mi hermana pequeña lo sacó de la caja con un desparpajo que ni que lo conociera de toda la vida. Lo besuqueó. Lo requetesobó. Se lo metió en el bolsillo porque tiritaba. Lo puso panza arriba, cabeza abajo…de medio lado; y lo manipuló como si estuviera buscándole un resorte o algo, hasta que lo posó en el suelo medio desmayado. Como no se movía mucho, quiso espabilarlo con un empujoncito para animarlo a andar… (o a volar)…y con el impulso despegó del suelo aterrizando a mis pies. Así que, técnicamente, mis pies fueron lo primero que vio salir huyendo.

Sí, lo reconozco. Salí huyendo como una auténtica gallina…Busqué la protección de mi madre. Y eso mismo debió pensar aquel polluelo huérfano…Debió pensar que yo era una gallina, auténtica. Empezó a seguirme a todas partes ¡Precisamente a mí, que no quería ni verlo en pintura!

Tardé un tiempo en aceptar que, aquel hijo de gallina desconocida, me había confundido con algún pariente suyo. El por qué de su elección, no tiene nada que ver con que, sutilmente, el pollito adivinara lo que le esperaba si mi hermana pequeña le echaba el guante. Pero así sucedió. En un exceso de celo maternal, una tarde, se lo llevó a la galería a solas. Creímos que estaba jugando a su bola mientras hacíamos los deberes de clase. Lo colocó entre las piernas para que no tuviera escapatoria, le ató una especie de babero alrededor del pescuezo y comenzó a cebarlo con la mejor intención. Con una mano le abría el pico y con la otra, le introducía migas remojadas en agua.

Anda… traga, que tienes que hacerte un mozo
Que tragues, anda…que te me vas a quedar hecho un canijo; y así, te van a zurrar los otros pollos.

Y anda traga, traga anda… se iba hinchando de una forma alarmante. Tan entretenida estaba en tan laboriosa operación que perdió la noción del tiempo que llevaba rellenando, concienzudamente, al pobre pollo con miga de pan… hasta que no le quedó resquicio de molleja sin retacar; y sin querer, murió del atracón.

Profundamente atribulada, mi hermana pequeña, organizó las exequias. Se sentía responsable de que el pobre pollito dejara así este “mundo cruel”, por una tontería de nada. Ella misma ofició de cura y de enterrador. Quiso un entierro de primera: cajita mullida con algodones, triciclo fúnebre engalanado con crespones de papel pinocho (que tuvo que ser verde chillón porque no quedaba otro pliego en casa menos llamativo), lápida de pizarra y corona de laurel. Y hasta resultó concurrido el sepelio .Se fue acoplando la chavalería del barrio en cuanto se corrió la voz. La observación de cualquier bicho, vivo o muerto siempre era motivo de curiosidad. Faltó el epitafio, pero no creo que al pollo le importara mucho. No tuvo tiempo de decir ni pío, el pobre, como para sospechar siquiera cómo le gustaría ser recordado.


Y sin querer, en esas semanas que vivió el pollito, le fui perdiendo el miedo. No hasta el punto de tocarlo, pero me acostumbre a que me siguiera. Incluso, me escondía a posta para que me buscase y salía del escondite cuando, desamparado, piaba pidiendo auxilio.
De alguna manera, un polluelo, está programado para encariñarse más fácilmente con lo que huye que con lo que se le acerca. Algunas personas también se comportan así… aunque yo no sabía qué es eso de la impronta animal ni, mucho menos, la importancia del apego entre los humanos.

Quizás les interese saber, que volví a la chabola varias veces. Fui con mi madre al principio y poco a poco me animé a ir sola. Por seguridad, pensé agenciarme un palo, por si acaso… porque si les digo la verdad, no terminaba de convencerme la iniciativa de mi hermana pequeña quien me recomendó que, cuando se produjera el avistamiento del enemigo, las ahuyentara dando palmadas bien fuertes (si, claro…encima, las ovaciono con entusiasmo y ¡se me viene todo el gallinero arriba!).Pero no, tampoco me veía yo capaz de, palo en ristre, ir bateando gallinas lo más lejos posible de las Centurias.

¿Saben?... Hay algo que quiero decirles. Cuando comencé a escribir este relato, pensé que calcularía mejor las intensidades. Les agradezco mucho la espera.
La escritura es, a veces, un arma de fabricación casera. Nunca sabemos cuándo aparecerá esa sensación perfecta de cataclismo ante nosotros o en nosotros mismos. Ese escalofrío único y fronterizo que aflora un segundo y retrocede hasta el próximo encuentro. La infancia es secuencia, trayecto…y ensayo de constantes vitales .Ese mismo miedo a no volver a ser la misma persona, hace que nos inventemos modos de salir de él: Repetir una palabra, ovillarnos en el mínimo espacio donde pueda hacer acto de presencia la vida, respirar hondo, escuchar los ruidos de afuera o recordar…

Recordar una luz suave, huidiza…impoluta que se pierde por sí misma. Precisamente cuando se la quiere capturar.

domingo, 23 de octubre de 2011

Aquella mañana de domingo, la luz era suave y huidiza… impoluta.

Me había puesto, para ir a misa de once, la ropa de los domingos. Un vestido de terciopelo azul marino. La rebeca blanca de angorina que había tejido mi madre, al igual que la muda y los calcetines calados de perlé. Luego me abotoné la flor de las merceditas que había estrenado el Domingo de Ramos y noté que ya empezaban a calzarme un poco justas. Solo me faltaba repeinar el flequillo con colonia Heno de Pravia para parecer un pimpollo.

Pimpollo: Apelativo que siempre usaba una tía mía cuando nos veía de domingo a mis hermanas y a mí. ¡Ay, mis pimpollos, a cuál más guapina! Y como ella no tuvo pimpollos propios, se ahuecaba como una gallina hablando de sus sobrinas con las compañeras de la fábrica o con las amistades con las que iba a la “misa vermú de la una”, toda peripuesta ella. Allí donde nos viera, nuestra tía, nos propinaba unos ósculos requetesonoros con carmín de color rosa chicle que se nos quedaban tatuados en el moflete.

Aquel día, mamá tenía previsto acercarse a la chabola de la gaitera para ofrecerle algunas prendas de abrigo que se nos habían quedado pequeñas y juguetes, que estaban nuevos, para sus nietos. También le compraba huevos de vez en cuando, aunque no los necesitara, como si de pronto tuviera gente en casa y se le hubiera ocurrido hacer un flan al baño maría con su delicioso caramelo en el fondo y le faltara una docena de huevos de confianza.
Antes, la gente ejercía la solidaridad como mejor la entendía. Y a lo mejor no la entendían del todo mal…


El caso es que aquél domingo no llevaba buen camino…

Fue todo muy rápido. Mamá salía en dirección a la casa de la gaitera. Hermana pequeña tomó la curva del pasillo dando pedales, a piñón fijo y desbocada. Como una loca, vamos. El trompazo fue morrocotudo. A mamá no le dio tiempo de llegar al portal.

Inspección ocular mía propia: El triciclo siniestrado no alcanzaba la categoría de amasijo de hierros aunque hubiera salido volando y se estampara de lleno contra la puerta de la galería. Perjudicado estaba, pero no se podía decir que, objetivamente, ofreciera un espectáculo dantesco a pesar de haberse averiado, a perpetuidad, el timbre del manillar. Lo que verdaderamente ponía los pelos de punta eran los gritos de dolor de mi hermana. A consecuencia del mamporro, se había fracturado la clavícula.

Cuando volvió del médico me entró flojera en las piernas al verla. Estaba tiesa como una espátula, con un vendaje en forma de ocho que parecía que abultaba el doble la pobrecilla y un chichón alucinante a la altura de la ceja.
El percance de mi hermana trastocó los quehaceres de una mañana de domingo. Ni misa de once ni paseo por el Plantío. La llantina y el susto la habían dejado medio amodorrada, pero no era bueno que ella se durmiera (por el coscorrón de la frente) y mi madre me envió a mí a casa de la gaitera mientras preparaba una paella, como todos los domingos, al tiempo que distraía a la accidentada contándole historias o la entretenía con un osito mecánico al que había que darle cuerda con una llave de hojalata.

Era la primera vez que me adentraba en aquel paraje aunque merodeábamos con frecuencia cerca del desvío para jugar en el pedregal de la higuera. Dejé a un lado un muro de piedra en el que las lagartijas tomaban el sol. Mentalmente iba repitiendo la fórmula que se empleaba, en mis tiempos, para los recados. (Buenos días/tardes… Que dice mi madre que… )

Avanzaba bajo aquella luz suave y huidiza… impoluta con un envoltorio de ropa y la bolsa de juguetes, repitiendo el encargo: Que dice mi madre que si no le importa, le junte una docena de huevos para el sábado que ya viene ella a recogerlos…
Impoluta y desprevenida también yo, con mis galas de domingo…tratando de no ortigarme las piernas y esquivando cardos borriqueros muy altos. Parecía que todo lo que crecía por allí pinchaba, así que caminaba como si pisara huevos hasta que encontré un sendero a medio desbrozar. El sendero más largo… pues rodeaba la chabola por la parte de atrás.
Empezó todo a llenarse de ruidos. El llanto de un niño. La carrera de un tropel de piececillos descalzos. El golpeteo metálico del asa de un caldero baldeando agua. El tajo de un hacha haciendo astillas. El canto de un gallo…







Y de olores. Olor a tierra mojada y excrementos de gallina, a guisote recalentado y queroseno…
Desemboqué en un vertedero detrás de las zarzas. No es que la fachada principal tuviera mejor aspecto, pero me hubiera ahorrado el desnivel del suelo y las ortigas , el asedio de los cardos y aquella pestilencia que daba vértigo.
Por un ventanuco apareció el rostro de la niña con los ojos más tristes que he visto en mi vida.
-Hola ¿Es esta la casa de la Sra….( y en ese preciso momento, me trabuqué porque no recordaba su nombre), esto… de la Sra… ¡¡gaitera!!?
- La Luciana es mi abuela, pero no está.


Me sentía incómoda con la ropa de los domingos, sudorosa y con ganas de volver a casa. Todo era muy feo y muy sucio en aquel lugar. Bueno, la niña de los ojos tristes no era fea. Esperé a que abriera la puerta. Apareció en el umbral sujetando a una criatura de meses con el brazo y apoyándola en la cadera. Cogido de la otra mano un nene, desnudo de cintura para abajo, arrastraba un orinal de porcelana.
Avanzó unos pasos hacia mí y la siguieron una recua de críos. Miraban con curiosidad la bolsa de juguetes. Comenzaron a rodearme. La niña de los ojos tristes consiguió que se quedaran detrás de ella, como las gallinas hacen con los polluelos. Entonces se oyó un gruñido en el interior de la chabola. En la penumbra, distinguí un jergón al lado del ventanuco y un bulto que rebullía bajo una manta vieja. Algo se incorporó y apareció una cabeza enorme y extraña. La masa informe, se sentó con dificultad en el camastro, le dijo algo a la niña que no pude entender y lentamente se volvió a acostar. No podía dejar de mirar aquella silueta deforme aunque me daba miedo.
-Es mi tío. No te asustes. Nació así… pero no hace nada. Ya no sale de la cama- aclaró la niña.
Por si acaso, no me moví de donde estaba, le entregué los paquetes y en menos de lo que un gallo se arrancó con un potente kikirikí, la niña de los ojos tristes me dio las gracias y me indicó el atajo para salir al campo de fútbol.


Yo tenía la idea de que las gallinas eran unos animales un poco tontorrones y que se movían a golpe de espasmos.
Mi trato con ellas era distante. Quiero decir que mi trato se limitaba a observarlas de lejos… cuando mi abuela recogía los huevos de los ponederos o les echaba pitanza. Pero nunca me atreví a entrar dentro del gallinero. Como por aquel entonces no me consta que se hubiera inventado el hip-hop, diré que antes del incidente que me aconteció, me parecían bailarinas epiléptica e inofensivas que se desplazaban de forma caótica, sin rumbo… ¡Ay Dios, pero qué equivocada que estaba!…
Me bastó con experimentar en mis carnes la reacción de las gallinas que criaba la gaitera, al percatarse de mi presencia en su territorio, para cambiar de opinión.

No sé si fue porque su vista es especialmente sensible a los colores y al movimiento o porque el chorreón de colonia en mi flequillo aún desprendía una fragancia irresistible a fresco heno (de Pravia)… pero aquellas “pitas” buscavidas y fibrosas que se pasaban el día a campo abierto; más que un caótico cuerpo de baile, resultaron ser un escuadrón de combate. Cierto que el gallo dominante tenía poses de divo arrogante, embutido en aquella esclavina abolsada de plumas brillantes que le cubría los hombros; pero a la hora de mantener a raya su plumífero harén y corregir los desmanes competidores de un gallito negro más joven con pinta de cantamañanas macarrilla, se imponía con la marcialidad de un experimentado comandante en jefe.

Supongo que cometí el error de entretenerme mirando aquel espectáculo acrobático que protagonizaron los gallos, en plena trifulca, en lugar de seguir camino hacia mi casa. Cuando cesó el guirigay de la contienda, el cacareo volvió a ser tranquilo. El gallo vencedor se esponjaba las plumas en lo alto de un pedrusco. Campaban de nuevo las gallinas a sus anchas, de acá para allá, picoteando la tierra o tomando baños de sol.
Creo que fue mera casualidad ( o fatalidad a secas) que me fijara en un grupo de seis o siete gallinas que, en comandita, estaban dando cuenta de un hoja de repollo y un montoncillo de mondas de patata. Había una, creo que “pedresa”, que picoteaba más deprisa que las otras y parecía más vivaracha. De pronto levantó la cabeza, estiró el pescuezo todo lo que daba de sí y me miró. Las seis restantes del grupo, abandonaron el picoteo al unísono y en un alarde de sincronización periscópica, aquellos siete pescuezos se giraron hacia mí. Se estableció contacto visual… y eso, a veces, no es nada recomendable… sobre todo; si una se encuentra de frente con una escuadrilla de gallinas camperas, que son las más “cucas”- según me dijo después mi abuela- porque ponen los huevos en un sitio y cacarean en otro, para despistar. Debí pararme muy cerca de alguno de sus escondites. Es la única explicación que se me ocurre para que, en un visto y no visto, la emprendieran a picotazos conmigo.
¡ Para que luego digan que las gallinas no vuelan! … Pues puedo atestiguar y atestiguo que, aquel día, caían gallinas del cielo, en picado… y con toda su artillería. Creo que corrí algunos metros con una oronda ponedora que aterrizó en mi cabeza. Yo chillaba, daba manotazos en pleno ataque de histeria… ella no soltaba mi mata de pelo entre sus garras y batía la alas como una posesa. Volaban plumas por todas partes. El gallo macarra se encargó personalmente de arrancarme la flor de las “merceditas” como botín de guerra. No sé como logré zafarme, sólo recuerdo que llegué a casa hecha un cirineo…

(Continuará...)

domingo, 16 de octubre de 2011

No era muy sociable. Se llamaba Luciana.

Tenía el rostro marcado por mil puñetazos de la vida y algún otro que no pudo esquivar de su marido. La tez renegrida, los ojos pequeños, oscuros y de mirar torvo. Le faltaban dientes y hablaba a voces en una mezcla atropellada de castellano- gallego con muchos sonidos aspirados y silbantes. Su aspecto no resultaba agradable. Tampoco la vejez suavizó su rudeza y el desapego que sentía hacia su progenie. Razones tenía. Cada vez que se supo preñada, se retorcía de asco, de rabia e impotencia…

En aquella chabola había parido diez hijos vivos y se le malograron otros tantos. Sobrevivieron un varón con retraso mental y tres hijas. Luciana temía que el muchacho, que no sabía lo que hacía, abusara de las niñas. Desde bien pequeñas las empujó a buscarse la vida, regalándolas casi para fregar escaleras o cualquier tarea por la que les proporcionaran comida y cama.




Desgraciadamente, la miseria sólo atrae miseria y apenas con trece o catorce años, las hijas de los gaiteros se dejaban caer por la chabola con alguna criatura que empezaba a caminar. Y con la excusa del inminente alumbramiento de otra que venía en camino, dejaban al chiquitín hasta que se arreglasen las cosas con el padre del inocente que iba a nacer.
Y así las cosas, la descendencia del gaitero crecía hacinada en la chabola sin que sus hijas terminaran de arreglarse con el miserable de turno que las había sacado en estado… O medio se arreglaban… y fruto del arreglo, volvian a quedarse embarazadas.

A la prole que se iban olvidando en la chabola sus hijas, Luciana no le tenía el más mínimo cariño. Con cada nieto que le caía del cielo, se le revolvía en los adentros la sombra truculenta de lo vivido. Montaba en cólera, insultaba y maldecía a las hijas por juntarse con hombres que las preñaban; y luego, les importaba un farrapo de gaita desaparecer y dejarlas en la indigencia. ¿Acaso no había tenido bastante el mundo con un gaitero?


Ese potencial reproductivo de las gaiteras, era algo que indignaba especialmente a la Sra. Maximina.
Vivía en el bajo de mi portal y alguna vez que otra, les pasaba bocadillos por la ventana a los nietos de la gaitera. Los pobres críos no tenían culpa- decía. Pero cuando una tarde se arremolinaron docena y media de mocosos delante de su ventana la oí exclamar:
¡Virgensantííísimadetodoslosaparatos!. Esto ya es un no parar ¡Coime, que una no tiene ninguna obligación y al que se vuelve de miel, lo comen las moscas!... ¡Ale, largo de aquí y no volváis!... Se acabó lo que se daba.
Cerró la ventana de golpe. Supongo que le pudo más la compasión que le inspiraban los críos porque al punto se asomó de nuevo y le alargó una caja de galletas María a la más grandecita, una niña de ocho o nueve años …pero muy escuchimizada. La niña con los ojos más tristes que he visto en mi vida.

Cuando la Sra. Maximina los vio alejarse, levantó el puño amenazadoramente; y como si tuviera a las gaiteras en lontananza, voceó lo más alto que pudo ¡Desgraciadas, más que desgraciadas! Poca vergüenza tenéis de traer hijos así al mundo…Y que Dios me perdone, pero a infelices como vosotras, si de mí dependiera, ya se encargaba alguien de precintaros la coneja…

Tardé algo más en desentrañar el significado que la Sra. Maximina le daba a precintar la coneja. De hecho, no había vuelto a acordarme de semejante expresión hasta que, pasados los años, leí un artículo sobre la esterilización forzosa de mujeres en la India.

(Continuará)….

sábado, 8 de octubre de 2011


"Se agolpan, se solapan y se curvan, entonces, los sentidos del espacio. Se pliegan, los espacios y con ellos sus sentidos, y de repente son a la vez objeto, sonido, memoria, sentimiento y argumento, y uno quiere llegar y comprenderlos y lo único que puede hacer es hablar acerca de ellos, trazar signos sobre una página en blanco y seguir curvándose en sí mismo(s)"




Óleo de Sánchez Besada



La casa del gaitero estaba en un terreno bravío rodeada de tojos y zarzales, a un buen trecho de la grada sur del campo de fútbol.

No creo que nadie en el barrio de las Centurias supiera el nombre de pila del gaitero. Tampoco se le conocía oficio. Desaparecía por temporadas.
Unos decían que se dedicaba a la chatarra y otros aventuraban que algunas perras sacaría tocando la gaita en bodas y fiestas de los pueblos. En lo que coincidían unos y otros es que, cualquiera que fuera la procedencia de esas perras, las empleaba en vino.
También se sabía que antes de que se construyeran los tres bloques de viviendas sindicales, ya vivía allí. Quizás por eso se me antojaba imaginar que el gaitero, al que no llegué a conocer más que de vista, sería como un personaje de las películas del lejano oeste que proyectaban en el teatro Bérgidum los domingos por la tarde… Alguien parecido a un buhonero o un legendario colono que se habría establecido en aquel territorio, por aquél entonces, despoblado y construido poco a poco su peculiar “home sweet home”…
Lo malo es que sobre el terreno, un día, descubrí que la estampa de la realidad era más bien agria. No podía sospechar, siendo tan niña, que en la agrimensura de mi territorio congénito, tapizado de verde ingenuo y punteado vivazmente por el rojo de las amapolas y los amarillos silvestres, se escondía un erial de miseria.

Aún recuerdo el hallazgo con nitidez… Una desvencijada chabola edificada con recortes de madera, parches de chapa furruñosa y tejado de uralita. A los lados del cuchitril, que hacía las veces de vivienda, había un tendejón en el que apilaban bártulos y un gallinero cercado con tela metálica. Sobre una empalizada de zarzas estaban tendidas, a solear, algunas prendas de ropa hechas un calandrajo y una manta cuartelera llena de lamparones.

Tengo una imagen vaga del gaitero. Quizás, la única imagen propia: Una silueta velada por el polvo del camino. Un hombre flaco con chaleco oscuro que arrastraba un remolque cargado de cachivaches. Por un costado del carrito, sobresalía el roncón de la gaita del que colgaban los farrapos de un color rojo muy sobado. Los flecos daban bandazos en el aire como esos trapos colorados que llevaban antes los camiones para señalizar el gálibo.
El resto son recuerdos ajenos y una tremolina de repinicos y floreos de gaita que llegaban hasta mi ventana en las noches calurosas. Ecos que empezaban llenos de una magia que inundaba el lienzo sonoro de la noche... Pero acababan transformándose, de pronto, en una polifonía inquietante cuando competían entre sí el ronco desafinado y los tremendos chillidos de una mujer, la gaitera.

Un verano, eché en falta el tañido de la gaita. Alguien dijo que el gaitero se había ido al otro barrio. El otro barrio debía de estar lejísimos – pensé - porque nunca más volvieron a oírse en este rincón del noroeste repinicos ni floreos de gaita. Todos los sonidos y las cosas tienen su silencio propio; el silencio del reposo, el silencio del rencor, el silencio de los grillos...


Hay sonidos que están hechos de pura memoria.

Cuando desentrañé el sentido que los mayores daban a irse al otro barrio, sentí un único momento de frío, una vibración grave y sostenida como el sonido de la gaita. Un miedo cuyo rastro queda en la memoria, no en la memoria de la mente, sino en la memoria del cuerpo. Supongo que es así como nos damos cuenta que el halo protector de la inocencia pierde fuelle… cuando se intuye la conciencia real de la muerte, justo en ese instante fugaz en que un escalofrío fronterizo, nos separa de la infancia.


Habían pasado dos veranos desde que el gaitero apareció muerto en una cuneta.
Regresaba de una feria en Cacabelos.
Se había echado temprano a la calle con un madrugón de orujo en el cuerpo y siguió la ruta por plazoletas y calles junto a una comitiva de gigantes y cabezudos soplando hasta bien entrada la tarde. Sin probar bocado en todo el día y aclarando la garganta con tintorro en todas las bodegas y tabernas que le proporcionaban liquidez a cambio de interpretar muñeiras y pasacalles que amenizaran el trajín de los feriantes.
El último chato se lo despacharon en el mostrador de una tienducha oscura, a las afueras. Estaba ya tan ebrio que hasta las moscas que revoloteaban sobre una caja de sardinas en escabeche salieron zumbando, repelidas por la (des)afinación punzante y extrasistólica que salía de la gaita.

Se levantó un poco de aire. La recta de la general, se le antojaba al hombre como una culebra sinuosa y larga, muy larga. Abrazarse a la gaita le ayudaba a mantener el equilibrio.
A los lados de la carretera, arbitrariamente, distinguía cómo se metamorfoseaban las cepas en medusas de dos cabezas y se sintió observado por los espectrales ojos de la noche que parpadeaban entre pinedos y terraplenes.
A esas horas, apenas había tráfico. Ya estaba a un cuarto de legua de las tímidas luces de las Centurias cuando sintió la necesidad de aliviarse y en un apartijo de la carretera se detuvo a orinar. En esa tesitura se encontraba, cuando le sobrevino un golpe frío que ya le tanteaba las espaldas hacía unos días. Y allí mismo cayó muerto… fulminado.

Cuando su mujer se presentó en el cuartelillo de la Guardia Civil, le ardía la frente como si llevara escrita en ella, desde hacía mucho tiempo, una tormenta de odio y venganza. Allá la autoridad con el destino del cuerpo del difunto. No quería saber… Ella ya había sufrido bastante.
Pero sintió un alivio profundo, casi gozoso, cuando el número que estaba bajo el cartel de “Todo por la patria” terminó el informe y le entregó la gaita que recogieron junto al cadáver de su marido.
Lo primero que hizo al llegar a la chabola fue tirarla a un bidón y prenderle fuego.

Mientras se consumía la gaita, aquella mujer perseguía con la mirada perdida en el fuego la sombra del gaitero y susurraba para sus adentros que Víase venir… ¿cantas veces desexei, mentres me mallabas a paus, bébedo como unha cuba, que estoupases como un bullote? Acabaches como merecías… Unha pena que eu non o vi.
( Se veía venir…¿Cuántas veces deseé, mientras me mallabas a palos, borracho como una cuba, que reventaras como una castaña? Acabaste como merecías…Una pena que yo no lo vi…)



(Continuará…)

martes, 27 de septiembre de 2011

"Movimiento sobre claro"

"Movimiento sobre claro"
Fernando Zóbel





Me doy aires de ternura… (Pudiera ser)

¿Y qué hay del sentimiento?¿Acaso debería haberlo?
Reconozco que aquí el cielo casi nunca es azul
y yo alargo los dedos tentando nubes.
No, aquí no hay sentimiento. No sabría
pronunciar tal nombre por miedo
a presagiar la herida. A veces ocurre
que puedes ver en mis palabras formas. Oblicuas
se condensan como el vaho sobre un cristal helado.
Pero cuando el cansancio es grande
buscan el rincón más tibio
en el que apaciguar el dolor en el límite
que marcan las yemas de los dedos.

La ternura es azul probablemente…y yo alargo los brazos,
hacia la música dulzura que conforta. Miro la noche. Imploro
volver al corazón raso… ¿De qué me sirven los ojos?

Aun siendo otro el espacio que alcanza la mano
del espacio que la mano no alcanza, yo alargo los brazos
no sea que por descuido, olvide
abrir de par en par la luna y nada amortigüe el golpe
sordo y rotundo contra los cristales
de ese dulce pájaro
caído.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Un poema de Nicolae Prelipceanu




LA METÁFORA

Sabes que unos amigos míos un poco más jóvenes al regresar de Atenas
(es bueno que los jóvenes viajen)
me han recordado que la palabra metáfora allí
significa tranvía o metro o incluso tren
esto es coges una metáfora
y te encuentras al otro lado de Grecia
por ejemplo subes a la metáfora y te vas
dejas toda tristeza y alegría
y otros sentimientos contradictorios-contrarios
que te atormentaban allí donde estabas desde hacía mucho tiempo
todo el mundo se va a la oficina en metáfora
todo el mundo se evade (para ir al campo) en metáfora
todo el mundo tiene una sola idea (fija)
cuando se alegra o se entristece
y esta se llama metáfora
te compras un billete para la metáfora
y te vas de viaje sin cuidado
pero a ellos se les olvidó decirme
qué haces cuando la metáfora está de huelga
tal vez pones pies en polvorosa o lo cortas por lo sano (andando) simplemente como antes
cuando la metáfora no significaba transporte en común sino tu transporte
a solas
de soledad en soledad.

viernes, 15 de julio de 2011



El sol anuncia
la mañana en rojo
,

huele el cielo
a luz azafranada
que vibra y avanza
con pasos de gigante.

En la plazuela de la fuente
expuestas al fulgor de las púas
van a peinarse las horas
su larga cabellera.

Canturrea el caño los acentos,
las notas cristalinas
del arcoíris.

Y acaba evaporándose la tarde
en esa frontera de la siesta
como huella fugaz en la ceniza.

Se despide el sol
dejando en el crepúsculo
una estela violeta.

lunes, 13 de junio de 2011

Lenguajeando el silencio *



Hay veces que dan ganas de decir, callando. Dar de lado a las palabras y que se abracen a solas. Permitir que reposen, hasta superar su bordura más sublime. Concederles un respiro de desobediencia y cura, después de zafarse del ponzoñoso yo que se impone al nosotros.

Hay veces que dan ganas, digo, de celebrar las palabras enmudeciendo. De alentar su fuga, lejos de la lógica que las ordena mientras las estrangula. Solo así, las palabras hablan la lengua de los pájaros que sin saber saber, siembran su luz, cesan el tiempo y nada entienden que no sea lo indecible.

La lengua de los pájaros se hospeda entre las ramas y sólo acontece sostenida en la transparencia del viento que sopla cuando quiere y donde quiere… y solo se escucha su destello de puro presente, dejándolas marchar...

¿No es acaso lo último que hacen los pájaros?



"Pájaros en el espacio"
Joan Miró

* "Cantando al revés los pájaros desencantan el canto hasta caer en el silencio (...) lenguajeando el silencio en el desmigajamiento de un canto ya sin canto"
Juan Luis Martínez

domingo, 5 de junio de 2011



Ya no pregunta ¿quién es? cuando unos nudillos llaman a la puerta.





Helen Schjerbeck (1826-1946)




No está para nadie.Ni para su propia vida.
Una astilla de luz desordenada atraviesa la pupila.
Las nubes del olvido ganan peso,
engullen vorazmente su mirada hasta perfilar el hueco.

Ha dejado de entender el mundo
y apenas le quedan fuerzas para rondar los desvanes.



martes, 10 de mayo de 2011

Pasaje de aristas turbias

"La libertad no hace felices a los pájaros, los hace sencillamente pájaros".






"Vuelo" Fotografía de Robert&Shana ParkeHarrison




Antes era distinta. Nadie lo notaba.
Nunca pregunté (la verdad )
no supe nunca dónde estaba.

Sabía que me entristecía antes
y
que antes que otros seres
también me esperanzaba.

Después fui distinta. Todos lo notaron.

Ahora que comprendo
que no tengo nada
más que fragmentos de espejo
en una jaula oxidada,
condonas mi pena.

Me abres la puerta. Maldición:
Soy una imagen sobrante
con apariencia de pájaro
con apariencia de jaula suspendida
en el vástago de la muerte.

Sí, es un día hermoso
para que me cuentes (la verdad)…



Pero a ver cómo me la cuentas.




martes, 26 de abril de 2011

"Sandía,estrellas fugaces y lenguado sobre mantel azul"
Vidal Salas



SOLEA SOLEA (Lenguado común)


Siempre tendido
sobre el lecho del mar.
Soy
gris
camuflado entre grises. Mi vida
depende de esta ocultación sutil.
Mi otra sangre es el miedo
a ser descubierto.



Soy
U
n pequeño
/mOnstruO desfigurado\
///que ha perdido la simetría
\\\

///de los bellos peces de colores
\\\
///y la verticalidad en la que vagan
\\\
///plácidos y frágiles los hipocampos
\\\

///Enterrado, mi cuerpo no es mucho
\\\
///aunque los otros peces breves
\\\
///que me sirven de alimento
\\\

//piensen que los devora \\
//la mandíbula feroz\\
//de una turbulencia\\


//de arena\\


/////\\\\\\

/////// \\\\\\\


A veces sueño que me desplazo
como una llanura ondulante,
audaz y resuelto
sintiéndome más grande
que los desconocidos abismos.

Y soy entonces toda la arena,
todo el inmenso fondo marino
incrustado de corales
mi lado ciego.







"Golpe de agua"(Acuarela)
Gabriela López Coello



sábado, 16 de abril de 2011

Dulce amistad


No recuerda cuando llegó, pero le han dicho que fue sobre 1870.


Vista desde el interior de "Las cuadras"


Tampoco sabe quién la trajo desde Oriente a un lugar tan remoto como Ponferrada, una ciudad que ha ido cambiando con el paso de los años. Que fue minera y ferroviaria, rodeada de una aureola de prosperidad por la que llegó a ser conocida con el lema “Cuidad del dólar” durante los años del wolfram, del hierro, del carbón, y de las obras hidráulicas de Endesa.

Ella que ha visto pasar los años, lleva en su tronco las huellas de una dura batalla en solitario por vivir en la ciudad, a la sombra de un impresionante Castillo Templario... ¡Tan lejos de los bosques de glicinia de China de la que es originaria!


El caso es que desde hace 140 primaveras trepa por la vieja casona señorial de los García de las Llanas, en Ponferrada, ahora convertida en Museo de la Radio.

Acaba de estrenar nuevas andas


que, a modo de artísticas muletas, garantizarán la continuidad de esa dulce amistad que significa su nombre original en chino, la mantenida durante tantos años con la ciudad berciana sus habitantes, peregrinos y visitantes.


Y es algo más que una trepadora exótica, su memoria guardará las llaves de tú corazón. Puedes escuchar a la glicinia relatando su historia pinchando en este enlace de la asociación A Morteira.


Mientras escuchas el relato,recupero algunas imágenes que son recuerdo de las aguas del ayer

"Río de las ondas claras y las arenas de oro, que en los remansos te paras, y de sus sombras amparas tu codiciado tesoro…



.. ... Esas aguas que llevaron con mi niñez mi ventura, ¿En dónde, río, pararon? "...


La llave del corazón de muchos bercianos zarpó con ellos en este barco camino de Argentina...

__________________________________________________________________


Y dando un salto en el tiempo, os propongo una visita virtual al casco antiguo de Ponferrada pinchando aquí


viernes, 1 de abril de 2011

Una golondrina sola no hace primavera...

Cuando nada en la mañana prometía
que un chorro de agua tibia pudiera exfoliar
las escamas de este invierno
ni la grosera desnudez
de tantas noches, vacías de estrellas…

Advertí esa luz cambiante de entretiempo
que regresaba lentamente a la inocencia
de recoger señales, en lo cálido del mundo.

Fue al girar el grifo de la ducha
que se precipitó una golondrina
batiendo suavemente las alas,
y en un ágil quiebro levantó
dos gotitas de agua con el pico,
para luego desaparecer.

Entonces recordé
que siempre he amado
la negrura de aquellos pájaros
que colgaban su nido de media taza
en el voladizo de mi ventana.
Cómo llenaban el aire de gorjeos floreados
y entraban y salían de mis ojos
extraviándose en lo azul.
Crecí pensando que primavera durmiente
regresaba de los cuarteles de invierno
escoltada por las primeras golondrinas,
prendida en la horquilla brillante de sus colas
para que mis propósitos de aire
no se volvieran de madera, sorda y vegetal.



Y mientras la taza de café perfumaba
de castillos la atmósfera, escuché
como antaño, despertar la melodía de Marzo
al compás trino

Tisuí- tisuí- tisuí

¡Loca de golondrinas la mañana!

Tisuí- tisuí- tisuí…

Y los dedos de una brisa primaveral
me fueron llenando los armarios
con extravagantes sombreros de plumas,
guirnaldas de flores nuevas
y otros misterios.





jueves, 24 de marzo de 2011

"Ciervo". Pintura rupestre.Cueva de Altamira



La tirolina de viento
trae y lleva,en su cuerda tensa,
ardentía sonora.
Luce el otoño sus galas turgentes
de afinación salvaje.

Va cayendo la tarde en el clavero,
después de la lluvia
la tierra evapora esencias de almizcle
poderosos filtros libera que impregnan el aire
con irresistibles efluvios de cortejo y seducción.

Repunta, la batuta solar, el ritual sonoro
la indómita llamada que convoca
al harén de hembras junto a la vaguada.
Bregan los machos entre las encinas
y sobre un fondo pulsante, in crescendo,
un estrépito encelado
lanza a los cuatro vientos
un clamor acuciante de bramidos impetuosos
que ascienden neveros y serpentean riscos
que, al rececho fogoso, descienden
al regazo acogedor de las majadas.

Como aguacero de piedras, resuenan
envites de percusión seca
estallidos de arboladas cuernas

y el eco se despeña
multiplicando el estruendo,
desgarrando las costuras de la montaña.
Es tiempo de berrea.

lunes, 21 de febrero de 2011

CALIGRAMA


"Yo no esculpo pájaros, sino su vuelo".
Constantin Brancusi





"Pájaro en el espacio" (1930)

lunes, 14 de febrero de 2011

"Regaré con lágrimas tus pétalos"

La historia se desarrolla en un apacible pueblo perdido entre las montañas, cuando después de una intensa lluvia de verano, una gotita de agua cae justo encima de una rosa que vive tranquilamente en el patio de una casa, lo que hace que surja entre la rosa y la gota una bonita historia de amor.
Con una buscada y deseada estética "artesanal", el director Juan Carlos Marí empleó más de dos años en la producción de su corto, donde se han utilizado más de 10.000 dibujos pintados con lapices de colores.

Juan Carlos Marí es un joven director valenciano (1.978) que lleva realizando animaciones de forma independiente durante muchos años, y con "Regaré con lágrimas tus pétalos" ha recogido premios por medio mundo:
Gold Remi en el 36º Worldfest Houston 2003
"Best animated short film" en el Dahlonega International Film festival (USA)
Premio al Mejor Corto de Animación en La Mostra de Cortometrajes de Vilafranca del Penedes 2003
Primer premio en el Festival de Vídeo de Quart de Poblet 2003
"Tomate de Oro" en el Festival "Vivir del Cine" de Buñol 2003 el premio
Mejor Cortometraje de Animación en la Muestra de Cortos Villa de Almunia 2003.
Además, ha sido seleccionado en numerosísimos festivales tanto nacionales como intenacionales, entre los que destacan, el CINEME Chicago International Animation Film Festival (EE.UU -2003), el International Leipzig Festival for Documentary and Animation Films (Germany- 2003), el Festival de Jóvenes Realizadores de Granada (Abril-2003) y el Festival de Cine Español de Málaga (Abril-2003).


jueves, 10 de febrero de 2011

NADAR ES AGARRARSE AL SIGNIFICADO DEL AGUA

"Marina"
Ramón Castellanos





























El invierno excluirá pronto al nadador. Este
lee las dudas otoñales del agua
en su múltiple riqueza: el agua tiembla,
se levanta a pesar de su firmeza,
en ella las primeras hojas caen
con el primer temblor de la mañana
anticipándose a él, arrojando fuera
sus huellas en círculos superpuestos y excéntricos.

Hay una geometría del agua, pues ésta
recorta el exceso en las nubes
y las pone a flotar en una atmósfera interior
hecha de ángulos y extensiones: cada árbol
semeja un ciprés en su alargamiento,
y cada arbusto, cada signo de la estación
una lanza de fuego. Es una geometría y no
una fantasía de formas retorcidas, pues cada
variación líquida, respuesta al tema
del cual se aleja, suena con anterioridad:
es una consistencia, el tacto del flujo pulsátil.

Mas ya le cansa mirar ahora, su cuerpo
le recuerda al ojo su dependencia
mientras, en su interior, el hombre corta la marina
y la reduce a andrajos. Su frialdad
lo sostiene contra ella, él lo permite,
pues nadar es también agarrarse
al significado del agua, moverse en su abrazo
y ser, entre abrazo y forcejeo, libre.

El se esfuerza hacia-y-a-través de ese espacio
que su cuerpo hereda, creando un dónde
en el agua, una posesión que deseoso
abandona a cada brazada.

La imagen que ha roto
fluye de nuevo tras él, sanándose a sí misma,
alzándose, alargándose, derramada como las plumas
de un ala inmensa cuya extensión, oscurecida,
proyecta sombras sobre su soledad: solo, innominado

En este bautismo donde tan sólo Chenango tiene nombre
en un lenguaje perdido que empieza a analizar-
un habla de densidades y escarnios, de medias
respuestas a las preguntas que su cuerpo formula, una
rana a través del elemento continuo pero penetrable.

Humano, lo afronta y, humano, se retira
del frío interior, la inclemencia que sin embargo
muestra una suerte de clemencia al sostenerlo.

El último sol del año seca su piel
sobre una superficie que no es sino un mosaico de diminutos
fragmentos, allí donde el viento
no escapa a las imágenes
en la corriente de obsidiana, el vaivén fugitivo de ondas
que, incesantes, toman forma.



"Nadando en el lago Chenango"
Charles Tomlinson



sábado, 5 de febrero de 2011

“Es evidente que, en pleno siglo XXI, las tecnologías cosméticas de todo tipo y condición se han idealizado y normalizado en una sociedad que, mientras pretende vivir sin tener en cuenta el ineludible deterioro biológico y la caducidad del cuerpo, desacredita e incluso denigra a los cuerpos que envejecen”.
Cristóbal Pera: El cuerpo silencioso. Ensayos mínimos sobre la salud



CRISTINA IOTTI



¡Customízate!
(Te lo financiamos...)

Creemos en la democratización de la belleza
la comunión de las corporaciones
estéticas
en la rentabilidad de la imagen
como único capital social.

Creemos en la bienaventurada intercesión
de San Simon replicante
(S-oltero i-nmaduro m-asculino o-bsesivo n-arcisista)
patrono de los trabajadores de la noche
y de Sta. Barbie
(Beautiful-alien-reconstructed-baby-immature-engineering)
mortificada, incorrupta y glamurosa,
levitando sobre la punta del dedo gordo del pie
auxiliadora de las cinturitas de avispa
vientre plano
y culito en pompa,
icono de las que plastificaron su instinto
menospreciando los cuerpos bastardos y perennes.

Creemos en la mediación del bisturí
como experiencia artística
en la bondad de las prótesis-misil XXL
¡Porque tú lo vales!
en la ingeniería corporal amortizable
generadora de autoestima
en el advenimiento de los nuevos productos
retocados: integrales o por parroquias.
Garantizamos tu reciclaje y proyección profesional.


Creemos en los predicadores de laboratorio
en la ingente labor social de los Trendsetter
en los servidores de quirófano fieles de la lógica
ontológica
…del mercado.

Creemos en el sacramento estético
del pico de toxina
botulínica,
en el poder globalizador de la expresión humana
de los ídolos planchados, sonrisoterapiados,
tuneados, bronceados y estupendos.

Ser viejo no está de moda.
Con ayuda de nuestros especialistas,
aprenderás a amar a tus coenzimas
por encima de todas las cosas.

Piensa en tu futuro,
ser viejo ya es un delito
y acabará por estar penalizado.
Por una adolescencia-senil- responsable:
¡Evita el afeamiento de nuestros jardines y calles!




viernes, 21 de enero de 2011

SENSACIONES SECUNDARIAS




-Las cosquillas y los besos estampados con efectos especiales, son de color amarillo.

-Las ganas de bailar, correr, jugar, reír… son de color naranja.

-El chasquido de los delfines, la brisa que refresca, el aleteo del estornino, el frío de la nieve son de color azul.

-El abrazo de mamá es como el sonido templado de las campanas, del color del bronce.

-El olor a pino, a cilantro, el frescor de las sombras afrutadas, cuando te encuentras rebosante de salud,...ese es el color verde.

-El tedio huele a membrillo, a calima estival

-El aburrimiento lanza gritos negros

-Cuando sientes que quieres ser mejor persona, las lágrimas huelen a rocío. Cuando se hunden en la nada, rezuman dolor, saben a astilla de cedro.

- El olor después de la lluvia es marrón, arranca aromas minerales de la tierra.

- El calor del sol del mediodía, el rescoldo de la hoguera, cuando te enfadas y tienes deseos de gritar o cuando deseas abrazar con intensidad,...todo eso huele a rojo.

- El cariño es sonrosado, dulce, fragante, simétrico y flexible.

- La tristeza y el miedo son grises.

- El adiós y el olvido huelen a cartón, naftalina y polvo.

- El blanco es cuando cierras tus ojos y no piensas, huele como la palabra ensueño. La letra “o” es blanca. Y se distrae a si misma…como si levitara.

miércoles, 12 de enero de 2011




La nostalgia es un columpio
abatido de infinitud.


Cuán liviana se mece
la añoranza pura
bajo los párpados de la infancia.

Qué sensato júbilo apurar el vértigo
queriendo rozar el firmamento
más alto, más…

Más alto…

y entonces llueve,
llueven certezas como aguacero,
apuntan caricias oblicuas transidas de crepúsculo
y la esperanza sisea arrullos de nimbo, vestigios
que no ha quebrantado ningún aire.