sábado, 8 de octubre de 2011


"Se agolpan, se solapan y se curvan, entonces, los sentidos del espacio. Se pliegan, los espacios y con ellos sus sentidos, y de repente son a la vez objeto, sonido, memoria, sentimiento y argumento, y uno quiere llegar y comprenderlos y lo único que puede hacer es hablar acerca de ellos, trazar signos sobre una página en blanco y seguir curvándose en sí mismo(s)"




Óleo de Sánchez Besada



La casa del gaitero estaba en un terreno bravío rodeada de tojos y zarzales, a un buen trecho de la grada sur del campo de fútbol.

No creo que nadie en el barrio de las Centurias supiera el nombre de pila del gaitero. Tampoco se le conocía oficio. Desaparecía por temporadas.
Unos decían que se dedicaba a la chatarra y otros aventuraban que algunas perras sacaría tocando la gaita en bodas y fiestas de los pueblos. En lo que coincidían unos y otros es que, cualquiera que fuera la procedencia de esas perras, las empleaba en vino.
También se sabía que antes de que se construyeran los tres bloques de viviendas sindicales, ya vivía allí. Quizás por eso se me antojaba imaginar que el gaitero, al que no llegué a conocer más que de vista, sería como un personaje de las películas del lejano oeste que proyectaban en el teatro Bérgidum los domingos por la tarde… Alguien parecido a un buhonero o un legendario colono que se habría establecido en aquel territorio, por aquél entonces, despoblado y construido poco a poco su peculiar “home sweet home”…
Lo malo es que sobre el terreno, un día, descubrí que la estampa de la realidad era más bien agria. No podía sospechar, siendo tan niña, que en la agrimensura de mi territorio congénito, tapizado de verde ingenuo y punteado vivazmente por el rojo de las amapolas y los amarillos silvestres, se escondía un erial de miseria.

Aún recuerdo el hallazgo con nitidez… Una desvencijada chabola edificada con recortes de madera, parches de chapa furruñosa y tejado de uralita. A los lados del cuchitril, que hacía las veces de vivienda, había un tendejón en el que apilaban bártulos y un gallinero cercado con tela metálica. Sobre una empalizada de zarzas estaban tendidas, a solear, algunas prendas de ropa hechas un calandrajo y una manta cuartelera llena de lamparones.

Tengo una imagen vaga del gaitero. Quizás, la única imagen propia: Una silueta velada por el polvo del camino. Un hombre flaco con chaleco oscuro que arrastraba un remolque cargado de cachivaches. Por un costado del carrito, sobresalía el roncón de la gaita del que colgaban los farrapos de un color rojo muy sobado. Los flecos daban bandazos en el aire como esos trapos colorados que llevaban antes los camiones para señalizar el gálibo.
El resto son recuerdos ajenos y una tremolina de repinicos y floreos de gaita que llegaban hasta mi ventana en las noches calurosas. Ecos que empezaban llenos de una magia que inundaba el lienzo sonoro de la noche... Pero acababan transformándose, de pronto, en una polifonía inquietante cuando competían entre sí el ronco desafinado y los tremendos chillidos de una mujer, la gaitera.

Un verano, eché en falta el tañido de la gaita. Alguien dijo que el gaitero se había ido al otro barrio. El otro barrio debía de estar lejísimos – pensé - porque nunca más volvieron a oírse en este rincón del noroeste repinicos ni floreos de gaita. Todos los sonidos y las cosas tienen su silencio propio; el silencio del reposo, el silencio del rencor, el silencio de los grillos...


Hay sonidos que están hechos de pura memoria.

Cuando desentrañé el sentido que los mayores daban a irse al otro barrio, sentí un único momento de frío, una vibración grave y sostenida como el sonido de la gaita. Un miedo cuyo rastro queda en la memoria, no en la memoria de la mente, sino en la memoria del cuerpo. Supongo que es así como nos damos cuenta que el halo protector de la inocencia pierde fuelle… cuando se intuye la conciencia real de la muerte, justo en ese instante fugaz en que un escalofrío fronterizo, nos separa de la infancia.


Habían pasado dos veranos desde que el gaitero apareció muerto en una cuneta.
Regresaba de una feria en Cacabelos.
Se había echado temprano a la calle con un madrugón de orujo en el cuerpo y siguió la ruta por plazoletas y calles junto a una comitiva de gigantes y cabezudos soplando hasta bien entrada la tarde. Sin probar bocado en todo el día y aclarando la garganta con tintorro en todas las bodegas y tabernas que le proporcionaban liquidez a cambio de interpretar muñeiras y pasacalles que amenizaran el trajín de los feriantes.
El último chato se lo despacharon en el mostrador de una tienducha oscura, a las afueras. Estaba ya tan ebrio que hasta las moscas que revoloteaban sobre una caja de sardinas en escabeche salieron zumbando, repelidas por la (des)afinación punzante y extrasistólica que salía de la gaita.

Se levantó un poco de aire. La recta de la general, se le antojaba al hombre como una culebra sinuosa y larga, muy larga. Abrazarse a la gaita le ayudaba a mantener el equilibrio.
A los lados de la carretera, arbitrariamente, distinguía cómo se metamorfoseaban las cepas en medusas de dos cabezas y se sintió observado por los espectrales ojos de la noche que parpadeaban entre pinedos y terraplenes.
A esas horas, apenas había tráfico. Ya estaba a un cuarto de legua de las tímidas luces de las Centurias cuando sintió la necesidad de aliviarse y en un apartijo de la carretera se detuvo a orinar. En esa tesitura se encontraba, cuando le sobrevino un golpe frío que ya le tanteaba las espaldas hacía unos días. Y allí mismo cayó muerto… fulminado.

Cuando su mujer se presentó en el cuartelillo de la Guardia Civil, le ardía la frente como si llevara escrita en ella, desde hacía mucho tiempo, una tormenta de odio y venganza. Allá la autoridad con el destino del cuerpo del difunto. No quería saber… Ella ya había sufrido bastante.
Pero sintió un alivio profundo, casi gozoso, cuando el número que estaba bajo el cartel de “Todo por la patria” terminó el informe y le entregó la gaita que recogieron junto al cadáver de su marido.
Lo primero que hizo al llegar a la chabola fue tirarla a un bidón y prenderle fuego.

Mientras se consumía la gaita, aquella mujer perseguía con la mirada perdida en el fuego la sombra del gaitero y susurraba para sus adentros que Víase venir… ¿cantas veces desexei, mentres me mallabas a paus, bébedo como unha cuba, que estoupases como un bullote? Acabaches como merecías… Unha pena que eu non o vi.
( Se veía venir…¿Cuántas veces deseé, mientras me mallabas a palos, borracho como una cuba, que reventaras como una castaña? Acabaste como merecías…Una pena que yo no lo vi…)



(Continuará…)

3 comentarios:

Leodegundia dijo...

Hoy nos deleitas con otro de tus relatos, esos que guardas en la memoria y que describes tan bien que nos haces partícipes de ellas.
Espero la continuación.

Kalia dijo...

"Se fue al otro barrio". También recuerdo el instante en el que tomé conciencia de que ese barrio estaba tan lejos que no se podía regresar. Has pintado con crudeza un ambiente muy poco poético, pero lo has hecho con el arte necesario para que podamos vislumbrar la poética que se esconde hasta detrás lo más sórdido. Un beso. Azul.

Turulato dijo...

Cada tarde recorre la terraza donde tomo agua con gas y limón, un cuerpo menudo de caminar cojo, que nace de un acordeón mugriento.

Velador a velador, se inclina levemente, exhibiendo suciedad y mostrando una sonrisa que ignora.

Alguna que otra abuela y de vez en cuando un joven que pasaba por allí, alimentan su miseria dejando caer unos céntimos, ¡qué más no!, en un vaso de plástico impoluto que lleva pegado el acordeón.

No se cansa, ni del hambre, ni del fracaso, ni de la miseria. Solo escapa de la muerte. Como puede; que nadie le enseñó otra cosa