lunes, 11 de enero de 2010

Con la poesía, ya se sabe...

Atravieso la zona de mesas de estudio procurando hacer el menor ruido posible… pero no hay manera. La suela de goma de los zapatos cruje. Con cada paso, un alarido chirriante de ventosa.
Me interno por los pasillos hacia la sección de poesía.
Ya no me persiguen mis pasos orquestados. Es como si el piso se hubiera ablandado y fuera capaz de absolverlos.
En el aire flota ese ambiente de fabricación silenciosa que reconozco, como la lluvia de otro tiempo.

Recorro las estanterías, me detengo en el estante de los libros más recientes, el corte superior está impoluto. Tomo éste, leo un poco, lo vuelvo a colocar, aquél ya lo hojeé en otra ocasión, pudiera ser el turno de éste, pero no, parece que no, ¿y éste?...
(«Uno tiene la sensación de adentrarse en la espesura, en busca de una verdad que, cuando llega a tocar, no puede atrapar porque es atrapado por ella. De ahí que no haya fuga posible, la fuga es un entrar ‘más adentro en la espesura’, más adentro en la ignorancia también.»)*
...leo, leo y sigo leyendo y cuando quiero darme cuenta el tono melancólico y la levedad de los motivos, han atrapado la intención. Será éste.

Me dirijo al mostrador. Al vuelo capto la mirada de uno de los bibliotecarios. Arquea las cejas y ladea la cabeza ligeramente señalando a su otro compañero: le toca a él. Doy la vuelta al mostrador y le entrego los libros al otro bibliotecario. Se los acerca, pasa el lector de código de barras por el primero, por el segundo… por el segundo…de nuevo por el segundo… en pantalla aparece un recuadro de error en rojo y un botón de "OK". Mira la pantalla durante unos instantes. Hace clic en "OK" y vuelve a intentarlo, sin éxito.

—Vas a tener que esperar un poco, parece que hay problemas con este libro.

Se sonríe. Atónito vuelve a mirar la pantalla

—¿No existe?... ¿Pero cómo va ser que…? No, pues me dice que no existe.

Alza la mirada hacia la compañera que está enfrente, en una mesa aparte y le dice:

—Mira tú éste, que no sé qué le pasa.

Ella toma el libro y se sienta ante la otra pantalla. Al cabo de varias indagaciones comenta para sí:

—¡Qué raro…! Parece como si no estuviera aquí desde el año …

Sonrío tratando de comprender lo absurdo de la situación

— Dáselo en préstamo y haz como si aún no hubiera sido devuelto— Le dice bromeando el bibliotecario más joven.

—Por mí, no hay problema— intervengo, siguiendo la broma—; Si son capaces de engañar al “chismático” con teclas ese… ya cuando termine de leerlo, os traigo el libro invisible que nunca existió…

La mujer sonríe contrariada. Descuelga el teléfono, marca una extensión y pregunta:

—¿Puedes subir un momento? Pasa algo raro con un libro—.

A continuación levanta la mirada hacia mí:

—No sé si se lo podrá llevar—.

Y añade, como informada de un problema que no es nuevo: —Con la poesía, ya se sabe…

Sube la jefa por las escaleras y se apoya sobre el mostrador.

—Mira— le dice la otra, señalando la pantalla.

—¿Tiene la ficha?

—Sí, ésta. Pero es como si este libro no fuera de aquí…A lo mejor de otra biblioteca

La jefa toma el libro entre sus manos, comprueba las marcas de registro trazadas con lápiz.

—Tiene las marcas, pero le faltan los sellos. Qué raro…

—Y desde el año…

—Bien— dice la jefa, resignada a no comprender. —Habrá que ponérselos.

La jefa le pone los sellos, lo registra en la base de datos y se lo entrega a la bibliotecaria. Ella le pasa el código de barras, mientras vuelve a comentar, en voz muy baja, casi íntima:

—Es que, con la poesía, ya se sabe…


¿Se sabe qué? me digo. ¿Qué es lo que sucede con la poesía? ¿Es un misterio esquivo sobre el que hay que estar prevenidos?.¿Es más propensa a las desapariciones?


A través de los cristales de la sala observo a los estudiantes, los exámenes de Febrero están a la vuelta de la esquina. Se inclinan en silencio, tensos sobre libros y apuntes. Un poco más alejados los lectores de periódicos y revistas, serios y concentrados ocupan con determinación el lugar como si garantizaran su defensa ante un peligro.
Recojo los libros, doy las gracias y busco la salida.

Ya ha anochecido. A la luz del resplandor azulado de la nieve, leo al azar un primer verso. Pende como un hilo de araña que no encuentra donde posarse y ondea en el aire gélido:

Escríbeme, para que yo exista…



* (Claudio Rodríguez, La otra palabra. Escritos en prosa.)

2 comentarios:

Turulato dijo...

Curioso asunto. Me ha sucedido más de una vez, con las variantes propias de cada caso. Y el proceso va en aumento. ¿De qué hablo?. Del proceso..; ¿proceso?, ¿qué proceso?. ¡Y yo que se!. Da lo mismo; ahí está el problema. Todo cede ante el proceso.
"El que tiene pase, pasa y el que no tiene pase, no pasa"; vieja frase de celador de la S.S. La importancia del control, de cualquier proceso, que termina olvidando hasta cual era su razón de ser.
Y claro, no hay cosa más contraria al proceso que el espíritu del aire, el sentir del corazón. Así que la poesía no deja de ser incontrolable, espíritu alocado de quien sueña, hoy, realidades que solo son visibles cabalgando en el viento..

Kalia dijo...

Ya sabía algo la bibliotecaria: con la poesía pasan cosas raras. Aparecen espacios invisibles que habían sido dibujados en los sueños. Eso es lo magnífico y esa es la preciosa metáfora de tu cuento. No desaparecen cosas, como suele; al contrario: la poesía tiene tanta fuerza que es capaz de distorsionar la realidad y aparecerse ahí, ahí mismo.

Pero no se aparece a cualquiera. Aquél libro que no había existido nunca en aquella biblioteca apareció en aquel instante preciso, en el punto exacto en el que el hada quiso contemplarlo. Y se le apareció a ella para enseñarle que la realidad se enmaraña en bucles cada vez más oscuros, a la espera de una mano atenta capaz de desenmarañarla. O de bañarse definitivamente en el mar enmarañado.

¡Como me gustan las palabras que se te aparecieron en el libro que no existía! Cada vez me gusta más ese magnífico soñador. Yo también quiero que me escriban...