jueves, 31 de diciembre de 2009

Callejeando...

Empieza, amigo,
por considerar al otro un fin
y no un medio
y tal vez te salves de morir congelado.


(Fragmento de un poema de Carmen Beltrán)











La veo a menudo pasear sola por el barrio.
Una chica joven de cuerpo desgarbado y mirada errática. Lleva ropa deportiva a medio camino entre el descuido y el abandono. No parece ir a ningún lugar concreto, pasea con ese caminar cansino e indeciso.
Es fácil observar a los demás y sacar conclusiones. Es cómodo, desde la penumbra de tu interior, hacer lecturas.

Hoy he ido a comprar el pan y alguna fruta. Caía una lluvia menuda, ese tipo de lluvia en la que el paraguas abierto es un mero estorbo que no evita que la humedad te envuelva y cale hasta los huesos.


Después de algunos años viviendo en el mismo lugar, terminas por familiarizarte con personas que no conoces de nada, habituales figurantes de ese microcosmos particular que es cualquier barrio. Gente con la que no tienes trato más allá de coincidir en la parada del autobús, en la cola del supermercado o en la sala de espera del ambulatorio.


Apenas acababa de salir del portal y una voz inconfundible, un gesto con el brazo por encima de la cabeza llenó la calle.
¡ Buenos días, señoraaa!.
Al otro lado de la acera, “Suco” me saluda con la misma jovialidad envidiable de siempre. Está abriendo su pequeño local; otrora chatarrería y ahora, en términos "ecologicopoliticamente"correctos, taller de reciclado. Me intereso por su salud. Este verano sufrió un quebranto importante e inesperado. Al poco, me apea el tratamiento.
¿Y a la mozuca, que tal le va con los estudios?... Al tu home véolo más(...)
El mi nietín, ¡ p`a coméselu!(...)
Y yo, pues que te voy decir. Por un lau non sé y pol´otru ¿que quies que te diga? (...)

A la puerta de la sidrería ya han colocado el cartelón con el menú del día. Un camarero espolvorea el suelo con serrín mientras el propietario manipula la máquina de café, entre bufidos de vapor y tintineo de cucharillas.Siempre me ha parecido que tiene aire de jesuita con su media sonrisa puesta. Pulula por sus dominios con suficiencia y educación cartesiana. Nunca un gesto excesivo ni un cumplido innecesario. Tampoco un desprecio altanero ni un desdén arrogante.

En la acera de enfrente un abominable Papá Noel de tamaño natural se contonea espasmódicamente al ritmo de una musiquilla machacona. El escaparate del bazar chino es un batiburrillo estridente de colorines, trajes de fiesta con gasas y lentejuelas por doquier.
A menos de treinta metros, otro local idéntico con la misma moqueta roja en la puerta de acceso. La mujer que está en la caja parece dar órdenes a un dependiente que es poco más que un niño, en su idioma. De su cuerpo menudo sale una voz aguda, áspera y vociferante. Nunca he sabido calcular la edad de los orientales, algunos tienen cara de viejos jóvenes y otros de jóvenes viejos. Tampoco se distinguir si su conversación es cordial o se están echando una soberana bronca entre ellos. Fuera de sus prósperos negocios, son invisibles.

Ya de vuelta con mi hermosa hogaza de pan de Taramundi calentita y crujiente, la vi venir con su ropa deportiva y ensimismada bajo un gorro impermeable azul marino que acentuaba esa palidez de clausura en la piel del rostro.
Conforme nos acercamos, busqué sus ojos de mirada acuosa y esbocé una sonrisa. El efecto no pudo ser peor. Bajó la mirada de inmediato y volvió sobre sus pasos como si inesperadamente hubiera topado con un obstáculo y no tuviera escapatoria. Me hice a un lado sin saber que pensar, ella reanudó su caminar cansino y autómata.
¿Qué pensaría de mí, si es que me vió?


Cuando no voy cargada, subo las escaleras en lugar de coger el ascensor. Bajarlas las bajo siempre a pie …es lo que me ahorro de gimnasio. En el edificio, hay varias viviendas deshabitadas o que se alquilan de manera temporal. Excepto una pareja con un hijo y nosotros con la hija, la vecindad son mujeres solas, viudas o separadas.

A Marcelina, da gusto verla salir de casa todos los días. Es de esas mujeres que envejecen con dignidad. Me recuerda a alguna maestra que tuve de la que con los años te conoces todo su fondo de armario; y sin embargo, su presencia es impecable aunque lleve puesta la misma gabardina de hace seis temporadas… parece que acabara de quitarle la etiqueta.

Buenos días, Marcelina.
¡Uy!, buenos días, fía, no te sentí llegar.(...)
¿Qué tal todos por allá arriba?. Yo en el primero ni me entero, con el ascensor.¿Mucha gente extrajera,no? Bueno, tampoco paro mucho en casa (...)
¿Y Antonio de lo suyo? (...)
Qué alegría me da ver a tu hija, si parece que fue ayer cuando …¿ Diecinueve,ya?.¡Madre,cómo pasa el tiempo! Ay, pero sigue igual de cariñosa; donde me ve, me saluda.Así da gusto.


Marcelina sonríe con los ojos y eso le esponja la expresión, de por sí apacible. No me resisto a decirle que tiene el guapo subido.
Quita, fía, que va… a mi edad.(...)
Y si no nos vemos, mucha salud para el año que entra y cuidadín con la carretera, que son unos días muy malos.

Y mientras subía los primeros escalones pude observar por el rabillo del ojo su mirada que me curioseaba con ojillos agradecidos.
Cada vez más, ignoramos que hay mucha gente deseosa de un "buenos días" y de una sonrisa al cruzarte con su mirada.





* Contemplas "Lavapiés", un Óleo sobre tabla de Andrés Castellanos

2 comentarios:

Turulato dijo...

No es que describas, es que me llevas de paseo cogido de tu mano...
¡Divertida Nochevieja y dulce Año Nuevo!

Kalia dijo...

Bien pintado el paisaje de tu barrio. Es como el corazón de las ciudades de ahora, variopinto, incluso algo decadente pero con más color que el de los barrios nuevos residenciales, uniformes, aburridos. Me gusta el centro más. Aún viven en él personas. Viven y mueren gente que conocemos o que estamos acostumbrados a ver y que forman el paisaje de nuestra vida cotidiana.

He comprobado más de una vez el efecto que tiene la mirada directa en los ojos de las personas. Muchas no se dejan, se ocultan, tienen miedo. Otras se sienten reconfortadas por la intimidad que encuentran. Y es magnífico.

Feliz año. Que en tu mirada siempre encuentren los demás el calor, el afecto y la generosidad.